
Se acabó la teta
Si hay algún paso positivo en la naciente política cultural inaugurada por el Ministerio de Cultura, y replicada también desde hace poco, por las autoridades municipales, es la instauración de la meritocracia, -léase la formulación de concursos para asignar la mayoría de fondos públicos que han de destinarse a la gestión cultural y todos sus derivados. La práctica inaugura una nueva forma de asignación a las iniciativas culturales y artísticas, dado que en el pasado, la norma era la exclusiva concesión discrecional de dineros. Aquello se prestaba, como no, al amiguismo, al nepotismo y al deporte nacional de la búsqueda y aquiescencia de la troncha.
El anterior estado de cosas era, casi siempre, inconsulto e incongruente con las necesidades de la gestión cultural, muchas veces injusto, y casi siempre torcido y mañoso. La fallida política cultural municipal de Quito, por ejemplo, en el anterior periodo municipal, que privilegió con copiosos recursos a festivales de varias artes fue carne de cañón para las suspicacias, las protestas y los cuestionamientos de grandes porciones de la población interesada. La poca fiscalización a esos y otros proyectos, eventos y producciones, hacían gala de cierta prepotencia del funcionariato municipal de la época, que se gastaba centenas de miles de dólares en eventos de poca monta y dudosa calidad. (Hay, como no, excepciones de festivales de calidad igualmente financiados mediante estos mecanismos). Las historias de corruptelas de algunos de esos festivales, de danza sobre todo, (engañar a los patrocinadores y públicos con programación que no llegaba, inflar los presupuestos para así obtener más recursos, actuar como arpías de doble cabeza detrás de mantos holísticos y rituales sagrados) eran demasiado habituales. En el gobierno central, al no existir una estructura destinada al ámbito cultural, el gestor cultural hacía su lobby en aquel lugar donde alguna palanca tenía. Los escabrosos recuerdos de un ex ministro de gobierno, hoy prófugo de la justicia, usando gastos reservados para satisfacer a artistas y gestoras amigas suyas y de su cónyuge, no deben ser olvidados.
Hoy, causa indignación leer amplios comunicados de aquellos “gestores” que se sirvieron siempre de esta manera oportunista de recibir fondos para sus proyectos, que recibieron cuantiosos dineros para mediocres actos y que ahora les han sido retirados, que protestan a los cuatro vientos, aduciendo “nuevos golpes a la cultura”, fingiendo ser víctimas de persecución política. Manifiestan ahora que “renuncian estoicamente a los auspicios recibidos, porque no quieren ser cómplices de esta nueva forma de hacer cultura”, cuando en realidad, lo único que ha pasado es que finalmente se les puso freno a su desvergüenza y osadía, y simplemente se les acabó la teta. Como cualquier otro mortal, tendrán que concursar y hacer méritos de verdad para dar vida a sus propuestas.
Según lo anunciado por las autoridades del ministerio del ramo, según lo visto en la probable consolidación del sistema nacional de premios, de las convocatorias a fondos concursables, aquel estado de cosas se terminó finalmente para bien de todos.
Hay que demandar, por supuesto, que estos sistemas, que estos premios y convocatorias se realicen con transparencia y normativas técnicas. Es de crucial importancia que la meritocracia funcione en un ámbito de políticas y planificación, y que no estén dotadas de prejuicios y cegueras. Que tenga en cuenta, como no, las trayectorias y las experiencias, y que también señale caminos de innovación y relevos de generaciones y saberes. Este proceso es uno que se encuentra ya en marcha.
¿Debe haber espacios para la discrecionalidad en la entrega de fondos? Creemos que, de haberlo, estos también deberían contener reglas claras. La discreción de un funcionario debe enmarcarse, también, en políticas, en organización y en transparencia. Esta discrecionalidad debe, en todo caso, ser minoritaria frente a la entrega de fondos concursables, y debe ser siempre debidamente justificada por los funcionarios. (¿Cómo negarse a donar un pasaje para un buen artista que debe ir a un festival?, ¿a financiar la impresión de un libro que sea necesario para la comunidad?, ¿a pautar en una revista cultural?).
El Ministerio de Cultura sigue siendo, a sus cortos tres años de edad, el ente que construye un sistema que todavía no tiene bases sólidas en que afianzarse; confiamos, sin embargo, en la decisión de construirlo, aunque tome más tiempo del que quisiéremos. Finalmente nuestros tiempos y urgencias son diferentes, los de ellos dependerán siempre, de los tiempos que lamentablemente demanda la gestión pública. Y ahí puede haber demoras imperdonables. No debe ser tarea fácil poner orden y normativas en el ámbito cultural al cual ningún gobierno prestó atención y en el cual participan una diversidad enorme de gestores y manifestaciones culturales.
La política cultural deberá ser una sola dentro del nuevo Sistema Nacional de Cultura. Los municipios de todo el país, tendrán que sumarse al mismo, y seguramente por eso, esta suspensión o regulación de las asignaciones que fueron entregadas a gestores, festivales o demás actividades culturales, sin que haya mediado concurso alguno, sea un paso más que necesario.